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La Insurrección de los Muertos: ¿Por qué quiero ser un zombie en Colombia?

  • Foto del escritor: JC Studio
    JC Studio
  • 1 feb
  • 3 min de lectura


Lo digo sin ambages y con la bilis que produce la lucidez: he decidido convertirme en zombie.


En este rincón del mundo, que alguna vez se llamó con ironía el "país del Sagrado Corazón" y que hoy naufraga entre el delirio de un "cambio" que no fue y la sombra de una oposición estéril, ser un muerto viviente es la única respuesta lógica ante un sistema que ya se pudrió.


El panorama es dantesco. No es solo que las instituciones sean inoperantes; es que son activamente parasitarias. Si hace una década nos indignábamos con los Moreno y los Nule, hoy la desfachatez ha alcanzado niveles astronómicos.


El saqueo ya no es por los "huecos" de Bogotá; ahora se transporta en carrotanques de agua para La Guajira que nunca llegó, en un escándalo de la UNGRD que, según la Fiscalía, ha comprometido más de $380.000 millones de pesos de los contribuyentes. Una cifra que no solo es un robo, es un crimen contra la supervivencia misma del individuo.


Vemos a la "casta" política —indistintamente de su color— repartiéndose la mermelada con el mismo descaro de siempre. Mientras el índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional nos mantiene estancados en una calificación mediocre (40/100), la burocracia se expande como una metástasis. Han convertido derechos básicos en moneda de cambio: la salud agoniza bajo intervenciones estatales que parecen más represalias políticas que soluciones técnicas, y la educación sigue siendo el botín de sindicatos que prefieren el adoctrinamiento a la excelencia.


Llevamos más de 60 años atrapados en una guerra que ya perdió cualquier rastro de ideología para convertirse en un negocio de control territorial. La narrativa de la "Paz Total" choca contra el muro de la realidad: el ELN, las disidencias y el Clan del Golfo siguen imponiendo su ley de sangre.


Según cifras de Indepaz, las masacres y el confinamiento de comunidades no dan tregua. Todos ellos —guerrillas, paras y agentes corruptos— se creen dueños de nuestra vida y propiedad, condenándonos a ser uno de los países más desiguales de la OCDE, con un coeficiente de Gini que ronda el 0.54, una cifra que grita fracaso sistémico.


Nuestra "ciudadanía", ese concepto de la Ilustración que debía garantizarnos libertad y autonomía, ha sido reemplazada por el clientelismo y la dependencia del subsidio. La libertad está muerta; por eso, elijo ser un zombie. Pero no un zombie cualquiera.


Si este país está muerto por la desidia y el olvido criminal hacia las víctimas; si la intolerancia camina impune por las calles, ¿no será que el único paliativo es salir de la tumba de la indiferencia? Propongo una resurrección colectiva al estilo de The Walking Dead: tomar las calles, no para pedir migajas del Estado, sino para exigir autonomía, propiedad privada y libertad real.


¿Qué pasaría si dejáramos de lado los odios heredados, los moralismos rancios y las ideologías colectivistas que nos tienen en el foso? Necesitamos zombies con conciencia, hambrientos de justicia real —aquella que castiga al que roba y protege al que crea— y sedientos de una paz que no sea un pacto entre élites armadas, sino el respeto absoluto al proyecto de vida del prójimo.


Los conmino a unirse a este noble propósito. No busquemos el apocalipsis de Raccoon City, sino una revolución de individuos libres. Resucitemos de la muerte moral. Seamos sujetos autónomos que saquen el pecho ante el Leviatán estatal, decididos a construir un país donde no tengamos que pedir permiso para prosperar.


Caminemos con los ojos rojos, sí, pero rojos de vigilia, de estar alerta, de no permitir que ni una gota más de nuestra riqueza y libertad sea devorada por los parásitos de cuello blanco. Hagamos que este "amor de fuma" por la libertad nos vuelva invencibles.

 
 
 

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